Cuando uno lee sobre los problemas más frecuentes que enfrentan los expatriados (de ahora en más, “expats”) en su experiencia de vivir en el exterior, nota que los temas son recurrentes. Voy a enumerar algunos de ellos y ofrecer una descripción más profunda de las consecuencias psicológicas asociadas a la experiencia de vivir como expat.
El primer problema que suele mencionarse es el “choque cultural”, que hace referencia al estrés de estar inmerso en una nueva cultura. Pero esto es problemático, porque si uno está inmerso en una nueva cultura, parecería que al menos va por buen camino, ya que está participando de ella. Si hay “choque”, es porque todavía no se ha logrado “entrar” en esa nueva cultura. La metáfora del “choque” nos permite describir esta experiencia con elementos de desorientación, frustración e incluso falta de motivación en el proceso de adaptarse o integrarse a la nueva cultura.
Otro síntoma frecuentemente mencionado es la “nostalgia del hogar” (homesickness), que indica que la persona expat extraña demasiado su lugar de origen: la familia, los amigos, los seres queridos. Los sentimientos más comúnmente asociados a esta figura son el aislamiento, la soledad y la tristeza. El consejo habitual en estos casos es mantener el contacto con los seres queridos mientras se construye una nueva red social.
Pero los dos síntomas más frecuentemente asociados a la experiencia de vivir como expat son la ansiedad y la depresión. Esto ha llegado al punto de generar las categorías de “ansiedad del expat” y “depresión del expat”. Para no patologizar esta experiencia, puedo decir que estas nuevas categorías diagnósticas se encuentran en las páginas web de compañías de seguros de salud que venden sus productos a quienes están por mudarse al exterior. Dicho esto, la ansiedad y la depresión son los trastornos más frecuentes en el campo de la salud mental en general. Pueden consultarse las estadísticas del Instituto de Salud Mental. Entonces, si estos son los trastornos más prevalentes en la población general, al mudarse al exterior también pueden formar parte de los posibles factores afectivos de esa experiencia.
Pero intentemos profundizar un poco más y considerar algunos factores involucrados en la experiencia del expat. El primero a tener en cuenta son las expectativas. Cuando alguien se muda a otro país o a una nueva ciudad por un tiempo, esa persona se va a encontrar con “cosas desconocidas”, incertidumbre e interrogantes sobre cómo van a ser las cosas en esa nueva experiencia. Aquí puedo decir con seguridad que si hay “cosas desconocidas” o “incertidumbre” alrededor de algo, es porque existe al menos una “falta” de conocimiento, o una “falta” en el conocimiento.
Una respuesta no infrecuente ante la “falta” de cualquier tipo es rellenarla, y una forma habitual de hacerlo es con algo que producimos nosotros mismos, siendo la fantasía una vía muy frecuente. Esas fantasías producidas son una fuente de material muy interesante para psicoanalistas como yo, porque allí tendemos a observar la puesta en escena de ciertas situaciones que, al igual que los sueños, muestran dónde y cómo las personas tienden a posicionarse en su relación con los demás, con el Otro y consigo mismas.
Pero las fantasías implicadas aquí pueden ser de distinto tipo. Podemos reconocer fácilmente que existen fantasías relacionadas con mudarse a otro país: cómo van a ser las cosas, cómo la experiencia nos va a transformar, cuánto más rica va a ser nuestra vida social, cuánto nos vamos a divertir, cuánto lo vamos a disfrutar, etcétera. Y entonces, después de un tiempo, algunas semanas o un par de meses, la realidad aparece y, como suele ocurrir, no coincide con esas fantasías, o si coincide, lo hace en algunos aspectos pero no en otros. El sentimiento concomitante es el de la desilusión y la frustración.
Cuando esas fantasías son conscientes, podemos llamarlas expectativas. Es decir, tenemos expectativas claras sobre nuestro nuevo trabajo en otro país, sobre nuestra futura relación con colegas locales, sobre nuestro proyecto de investigación en el exterior y nuestra relación con otros académicos, y sobre nuestra próxima vida social. Pero las partes más importantes de esas fantasías no son del todo conscientes. O mejor dicho, son inconscientes.
Por ejemplo, consideremos la fantasía relacionada con mudarse a otro país gracias a una beca prestigiosa. En ese caso, uno pasa a formar parte de un grupo distinguido de personas y, en secreto, para algunos esto puede resonar con la realización de ciertas fantasías narcisistas o grandiosas que no son del todo conscientes. Pero la realización inconsciente de esa fantasía narcisista puede generar problemas, porque esa grandiosidad no se corresponde con el modo en que los demás pueden estar relacionándose con uno, como un académico más entre otros.
O consideremos el efecto contrario. El hecho de haber obtenido una beca prestigiosa aumenta el sentimiento de inseguridad, porque ahora hay que demostrar que se puede rendir a cierto nivel elevado, y uno empieza a sentir que no es capaz de eso. La beca, entonces, refuerza una conducta de autodisminución, y la inhibición puede ser una consecuencia. En un momento que se supone debería ser una oportunidad extraordinaria, se desarrollan ciertas formas de inhibición: no se puede escribir, producir ni crear, ni tampoco concentrarse. Con el aumento de la autocrítica se produce una baja autoestima, y la inhibición y la procrastinación se vuelven parte de la vida cotidiana.
Otro factor importante a considerar es que, al comienzo de la experiencia como expat, no se cuenta con una red relacional como la que se tiene en el país de origen. Esto es relevante porque estamos más sostenidos en nuestras relaciones con los demás de lo que solemos reconocer. Esto no significa que esas relaciones que tenemos en casa sean siempre sanas o constructivas. Significa únicamente que tendemos a ocupar en ellas un lugar específico, aunque desconocido, lo cual no es poca cosa. No contar con esa red puede sentirse como esos equilibristas que caminan por la cuerda sin red debajo. Estar sin esa red relacional más o menos establecida en el hogar es exactamente eso: uno está en otro país, pero sin la “red” que lo sostendría en caso de caer, aunque el “trabajo” haya que hacerlo igual.
Pero si queremos ser más precisos, podemos decir que al mudarse de un país a otro se dejan atrás esos espacios intersubjetivos donde actuamos e interactuamos con otros, espacios que son muy importantes para nuestro sentido de ser o sentido de sí mismo. Al mudarse, es necesario construir tanto una nueva red relacional como esos espacios intersubjetivos o “espacios públicos” (en un sentido más restringido) que forman parte de esas relaciones y donde producimos u obtenemos nuestro sentido de sí mismo.
Otro factor son las prácticas cotidianas. Al mudarse a otro país, una de las cosas que se dejan atrás son ciertas prácticas y rutinas que también son importantes para mantener un sentido de sí mismo: hacer ejercicio, leer o escribir a determinadas horas y en determinados lugares, comer ciertos alimentos y a ciertos horarios del día — todo ello contribuye a producir y sostener ese sentido de sí mismo. Cuando esas prácticas y rutinas se interrumpen, el sentido de sí mismo resulta afectado.
Hasta aquí no he destacado todos los aspectos positivos de esta experiencia. Sin embargo, me interesa señalar algunos factores que requieren atención cuando persisten en el tiempo. He identificado dos fuentes principales de estrés que pueden afectar el sentido de sí mismo o, dicho de manera más amplia, el sentido de bienestar. La primera es el resultado del choque entre fantasía y realidad, que puede adoptar distintas formas: ya sea porque las fantasías son conscientes (como cuando tenemos expectativas) o inconscientes (como cuando las fantasías gratifican tendencias narcisistas). La segunda es el grado en que el sentido de sí mismo resulta afectado por la mudanza a otra cultura, donde la red relacional aún no está desarrollada, el espacio intersubjetivo todavía no está constituido y las prácticas cotidianas aún son poco familiares. Cuando esto ocurre, uno se encuentra en el comienzo mismo de la transición.
Sin embargo, quiero subrayar un último punto. Precisamente porque no existe todavía una red relacional establecida ni espacios intersubjetivos, porque no hay rutinas ni prácticas cotidianas que sostengan ciertas formas de ser y sentir, uno también se enfrenta a una oportunidad enorme. Por primera vez, puede sentirse libre de las demandas del otro imaginario y de la mirada de los demás que nos sostiene y, al mismo tiempo, nos constriñe. Tendemos a acomodarnos a las demandas de los otros, lo cual nos limita en la realización de nuestros deseos, porque esos deseos pueden ser, entre otras cosas, amenazantes para esas mismas relaciones, y tendemos a suprimirlos o reprimirlos. Entonces, esta experiencia puede tener un efecto liberador y ofrecer la oportunidad de establecer una relación diferente con los propios deseos, sintiéndose más liviano y liberado de un peso que ni siquiera se sabía que se estaba cargando.
(Notas de una presentación en Fulbright Argentina, 16 de marzo de 2023)
